Cena Voráfila en la Mesa de Gala.

La amplia mesa de caoba del comedor principal relucía bajo la luz cálida de una araña de cristal. Cubierta con un mantel blanco inmaculado, vajilla de porcelana fina y copas de vino tinto, parecía preparada para una cena de lujo. Sin embargo, esta noche el menú era mucho más… exclusivo.

Vanessa, alta y dominante con su vestido negro de satén que abrazaba sus curvas generosas, se movía con elegancia alrededor de la mesa. Sus labios rojos sonreían con anticipación mientras terminaba de ajustar las últimas cuerdas. Era la anfitriona perfecta, la chef indiscutible de esta velada.

En el centro de la mesa, extendidas como platos principales, yacían Andrea y Marlen.

Ambas travestis hermosas, de cuerpos femeninos delicados y piel suave, estaban completamente desnudas salvo las medias de encaje negro que subían hasta sus muslos y los altos tacones que aún llevaban puestos. Sus muñecas estaban atadas detrás de la espalda con cuerdas de seda roja; los tobillos, sujetos a las patas de la mesa para mantenerlas abiertas y expuestas. Mordazas de bola roja brillaban entre sus labios pintados, amortiguando sus gemidos suaves y excitados.

Vanessa tomó un cazo de cobre lleno de mantequilla derretida aromatizada con ajo y hierbas. 

El líquido dorado y caliente humeaba ligeramente.

“Primero hay que untarlas bien”, murmuró con voz seductora.

Comenzó con Andrea. Vertió lentamente la mantequilla sobre sus pechos firmes, viendo cómo el líquido resbalaba por los pezones endurecidos, bajaba por el vientre plano y se acumulaba entre sus piernas. Andrea se arqueó lo que las cuerdas permitían, un gemido ahogado escapando de su mordaza. Vanessa usó una brocha de cocina grande para extender la mantequilla con movimientos largos y sensuales, cubriendo cada centímetro de piel hasta que Andrea brillaba como un plato asado listo para el horno.

Luego fue el turno de Marlen. La mantequilla cayó en hilos calientes sobre su piel más clara, resaltando cada curva. Vanessa no escatimó: untó muslos, nalgas, sexo expuesto, incluso deslizó la brocha entre sus labios a través de la mordaza para que Marlen probara el sabor salado y rico.

Pero eso no era suficiente sabor.

Vanessa preparó dos grandes jeringas de cocina llenas de una pasta líquida cremosa: una mezcla espesa de crema, queso parmesano, ajo y trufa negra, reducida hasta convertirse en un elixir intenso y viscoso.

“Ahora, el relleno interno”, anunció con una sonrisa maliciosa.

Se acercó primero a Andrea. Quitó temporalmente la mordaza de bola y, antes de que pudiera protestar, introdujo la punta de la jeringa entre sus labios. Andrea abrió los ojos con sorpresa, pero Vanessa presionó el émbolo con firmeza. La pasta líquida caliente inundó su boca, obligándola a tragar una y otra vez para no ahogarse. El sabor intenso la hizo gemir de placer forzado mientras la crema se deslizaba por su garganta, llenando su estómago con calor y peso.

Lo mismo hizo con Marlen: jeringa profunda, presión constante, tragos obligados. Ambas travestis jadeaban cuando Vanessa volvió a colocar las mordazas, ahora con restos de crema blanca en las comisuras de sus labios.

“Perfectamente rellenas y untadas”, dijo Vanessa satisfecha, admirando su obra. “Hora de servir la cena.”

Se sentó en la cabecera de la mesa, tomó una copa de vino y dio un sorbo largo. Luego se inclinó hacia Marlen, que estaba más cerca. Su boca se abrió de forma imposiblemente amplia —el secreto voráfilo que compartían las tres— y envolvió lentamente la cabeza de Marlen en un calor húmedo y apretado.

Marlen se deslizó hacia dentro con facilidad gracias a la mantequilla: hombros, pechos untados, vientre lleno de crema, caderas… todo desapareciendo en la garganta elástica de Vanessa. Los tacones de Marlen patalearon un instante en el aire antes de caer al suelo con un eco.

Sin pausa, Vanessa giró hacia Andrea y repitió el proceso. La segunda travesti fue tragada con la misma lentitud deliciosa, su cuerpo lubricado deslizándose como un bocado gourmet. El sabor combinado —mantequilla, crema, trufa, piel suave y el leve aroma a perfume— era exquisito.

Cuando terminó, Vanessa se recostó en su silla, el vientre visiblemente abultado y moviéndose suavemente con los movimientos de sus dos “platos” dentro. Acarició la curva con ternura.

“La mejor cena que he tenido nunca”, suspiró, tomando otro sorbo de vino. “Andrea y Marlen… cocinadas a la perfección, rellenas y untadas. Mañana las dejaré salir, claro… pero por ahora, disfrutaré cada segundo de esta degustación lenta y privada.”

La mesa quedó en silencio, solo interrumpida por los suaves sonidos internos y el ocasional gemido de placer satisfecho de Vanessa. La cena había sido servida, consumida y estaba siendo saboreada con deleite absoluto.


Escrito por ...
Mistress Carly

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