El susurro de las medias.

Narradora: Susy, 28 años, empleada de oficina, Colombia.
Nunca he sido de las que llaman la atención. En la oficina, soy la chica callada que siempre llega a tiempo, con su café en la mano y una sonrisa tímida. Pero hay algo que nadie sabe, algo que guardo como un tesoro en mi pequeño apartamento: mi colección de pantimedias y medias. Cientos de ellas, cuidadosamente dobladas en cajones, colgadas en perchas, organizadas por colores, texturas y patrones. Son mi secreto, mi refugio, mi manera de sentirme viva.

Todo empezó cuando era adolescente. Recuerdo una tarde en casa de mi tía, hojeando una revista de moda. Había una modelo con unas medias negras brillantes, con un diseño de encaje que subía por sus piernas como una enredadera. No sé por qué, pero no podía dejar de mirarlas. Había algo en la forma en que la tela abrazaba su piel, en cómo se veían delicadas pero poderosas. Fue como si una chispa se encendiera dentro de mí. Esa noche, robé un par de pantimedias viejas de mi mamá y las probé en mi cuarto, frente al espejo. Sentí un cosquilleo, una mezcla de nervios y emoción. Era como si, al ponérmelas, me convirtiera en alguien más: alguien valiente, alguien que no tenía miedo de ser vista.

Con los años, lo que empezó como curiosidad se convirtió en una obsesión. No es solo ponérmelas; es todo lo que las rodea. El sonido que hacen al deslizarse por mis piernas, como un susurro suave. El tacto frío y sedoso cuando las saco del paquete. El olor a tela nueva, mezclado con un toque de mi perfume. Tengo de todo: pantimedias transparentes que apenas se notan, medias opacas que me hacen sentir elegante, redes que me dan un aire rebelde, y hasta unas con estampados de lunares que me hacen reír porque son ridículamente adorables. Cada par tiene una historia, un momento en el que lo compré, un día en que lo usé y me sentí invencible.

No siempre fue fácil aceptarlo. Al principio, pensaba que algo estaba mal conmigo. ¿Por qué me emocionaba tanto algo tan simple como unas medias? En internet, leí sobre fetiches y descubrí que no estaba sola. Había foros, comunidades, gente que hablaba de sus pasiones con orgullo. Eso me dio valor. Empecé a comprar más, a experimentar. A veces, después de un día largo en la oficina, llego a casa, me pongo un par de medias de seda negra y camino descalza por el apartamento, sintiendo cómo la tela roza contra el suelo. Es mi ritual, mi forma de desconectarme del mundo.

Nunca he compartido esto con nadie en persona. No porque me avergüence, sino porque es mío, como un diario que no necesita ser leído por otros. Pero sí he jugado con la idea de mostrarlo. Una vez, en una cita, llevé unas pantimedias con un diseño de corazones diminutos bajo mi vestido. Mi pareja no lo notó, pero yo sabía que estaban ahí, y eso me hizo sentir poderosa, como si tuviera un secreto que me daba ventaja. A veces sueño con encontrar a alguien que entienda, que no solo acepte mi colección, sino que quiera explorar conmigo, que se ría mientras desempacamos un par nuevo y me pregunte: “¿Estas para qué mood son?”

Mi colección sigue creciendo. El otro día, en una tienda vintage, encontré unas medias de los años 70, con un bordado floral que parecía pintado a mano. Las compré sin dudar, aunque mi billetera se quejó. Cuando las probé, me vi en el espejo y sonreí. No era solo la Susy de la oficina, la que pasa desapercibida. Era yo, con mis rarezas, mis pasiones, mis pequeños momentos de felicidad. Y si alguien me preguntara por qué lo hago, por qué tengo un armario lleno de medias, solo diría: “Porque me hacen sentir como yo misma. Y eso es suficiente.”

Escrito por
Mistress Carly.

Comentarios

Entradas Populares.